Hay ocasiones en las que uno va al cine consciente de qué es lo que se va a encontrar. Sabes que no va a haber sorpresas, que la película es exactamente lo que parece ser. Ese es el caso de Señor, dame paciencia.
¿Ha visto el tráiler?, ¿la escena de la Guardia Civil? Pues no hay más misterio. Ahí están resumidas perfectamente la trama y el tono que impregna todo el filme.
¿Podría haber más clichés en menos metraje? Lo dudo: rivalidad Madrid-Barça, españolismo frente a independentismo, derecha e izquierda, homofobia, racismo... Si le gusta la idea y le hace gracia, no lo dude, le encantará la película. Si no, será mejor que la ignore.
Hay chistes tontos, las tramas son predecibles y la premisa, pese a su simpleza, tiene una arista más que forzada. Si la esposa de Gregorio muere de forma inesperada, ¿por qué dejó escrita su última voluntad? Hay respuesta, pero es tan rebuscada que casi parece un parche de última hora. Sin embargo, al margen de estos defectillos y a pesar de que un servidor no se lleva demasiado bien con la comedia española, la película tiene algo que la hace digerible e incluso disfrutable para cualquiera que abandone prejuicios y expectativas (culturetas abstenerse).
Para empezar, el reparto es un acierto, especialmente en los personajes principales, Jordi Sánchez, convertido en una versión ligera y menos alocada del Antonio Recio de La que se avecina, y Rossy de Palma como madre enrollada y entregada esposa. Entre los secundarios destacan, por infalibles a la hora de hacer reír, David Guapo en plan catalanista recalcitrante y Paco Tous en el papel de cura moderno y algo caradura.
Pero lo que hace que esta película de tópicos no sea un completo desastre no son los actores sino el tono buenrollista que impregna todo. Señor, dame paciencia recoge infinidad de temas susceptibles de generar polémica y chascarrillos de mal gusto, les quita hierro y los dulcifica hasta convertirlos en relatos inofensivos, quizá demasiado. Sabemos que los personajes de Eduardo Casanova y Boré Buika son novios porque lo repiten constantemente, pero rara vez lo parecen.
Aun así, gracias a eso, no cae en la vulgaridad y el humor soez y rancio que abunda en este tipo de cine. Luminosa y con una banda sonora alegre, aquí todo es blanco, amable, pensado para agradar y hacer sonreír más que reír. Y a veces no hacefalta más para disfrutar. Como una especie de bálsamo, uno abandona la sala con felicidad en la cara, una melodía bonita y tontorrona en la cabeza y un sentimiento de placer culpable en el corazón.
Me horrorizó la desproporcionada taquilla que hizo la nefasta Ocho apellidos catalanes y no entendí que, en 2016, la cinta española más vista –sin contar Un monstruo viene a verme– fuese esa paletada sin gracia y de mal gusto titulada Villaviciosa de al lado. Frente a estos despropósitos, Señor, dame paciencia es casi teatro del Siglo de Oro (perdóname, Lope de Vega, por esta blasfemia) y, pese a ser una comedia del montón –que lo es–, se merece el éxito más que las anteriores.